Una enfermedad altamente contagiosa que amenaza a niños y adultos sin vacunación y pone a prueba al sistema de salud.
El sarampión es una enfermedad viral aguda altamente contagiosa que afecta principalmente a niños y personas no vacunadas, causada por un virus del género Morbillivirus, el cual se propaga con rapidez en comunidades donde la cobertura de inmunización es baja.
Este padecimiento, considerado durante años como controlado en varios países, ha resurgido en distintas regiones debido a la disminución en los esquemas completos de vacunación, la desinformación y el rezago en servicios médicos preventivos.
Entre los primeros síntomas del sarampión se encuentran fiebre alta persistente, escurrimiento nasal, tos seca, enrojecimiento de ojos, dolor corporal y malestar general, los cuales aparecen entre siete y catorce días después del contagio.
Posteriormente, el paciente desarrolla pequeñas manchas blancas en el interior de la boca conocidas como manchas de Koplik, seguidas de una erupción rojiza en la piel que inicia en el rostro y se extiende al resto del cuerpo.
Además de los síntomas visibles, el virus debilita temporalmente el sistema inmunológico, lo que vuelve al organismo más vulnerable a otras infecciones durante semanas o incluso meses después de haber superado la enfermedad.
Entre las principales complicaciones del sarampión se encuentran la neumonía, la otitis media, la diarrea severa, la deshidratación, la encefalitis y en casos graves el daño cerebral permanente o la muerte.
Las personas con mayor riesgo de presentar complicaciones son los menores de cinco años, los adultos mayores, las mujeres embarazadas, los pacientes con enfermedades crónicas y quienes tienen defensas bajas.
El sarampión se transmite a través de gotículas respiratorias que se expulsan al hablar, toser o estornudar, así como por contacto con superficies contaminadas, donde el virus puede permanecer activo durante varias horas.
Una persona infectada puede contagiar a otras desde cuatro días antes de la aparición del sarpullido y hasta cuatro días después, lo que facilita brotes silenciosos en espacios cerrados como escuelas, transporte público y centros de trabajo.
Debido a su alta capacidad de transmisión, un solo caso puede generar decenas de contagios si no se aplican medidas inmediatas de aislamiento y vigilancia epidemiológica.
La principal forma de prevención contra el sarampión es la vacunación, especialmente mediante la vacuna triple viral que protege contra sarampión, rubéola y parotiditis, la cual forma parte del esquema nacional de salud.
Las autoridades sanitarias recomiendan aplicar dos dosis, la primera al año de edad y la segunda a los seis años, además de refuerzos en casos especiales o durante campañas emergentes.
También es fundamental mantener medidas de higiene como el lavado frecuente de manos, el uso de cubrebocas en caso de síntomas respiratorios y evitar el contacto con personas enfermas.
Ante la presencia de fiebre, erupciones cutáneas o síntomas compatibles, se recomienda acudir de inmediato a una unidad médica, evitar la automedicación y seguir las indicaciones del personal de salud.
El resurgimiento del sarampión representa una llamada de atención sobre la importancia de la prevención, la responsabilidad social y el acceso equitativo a los servicios de vacunación.
Mantener altos niveles de inmunización no solo protege a cada individuo, sino que evita brotes masivos, reduce muertes prevenibles y fortalece la salud pública en todo el país.
