Aristóteles afirmaba que “solo una mente educada puede comprender un pensamiento diferente al suyo sin necesidad de aceptarlo”.
Esta frase, tan sencilla como profunda, parece escrita para nuestra época, en la que convivimos en sociedades cada vez más frágiles, donde cualquier comentario puede ser tomado como una ofensa personal y donde la crítica constructiva ha perdido su sentido original para transformarse, muchas veces, en motivo de conflicto.
Vivimos en lo que algunos llaman una “sociedad de cristal”
Todo parece quebrarse con facilidad, como si el otro no pudiera soportar escuchar una idea distinta a la suya, la pluralidad de pensamientos, que debería ser fuente de enriquecimiento y aprendizaje, se percibe como una amenaza que genera rechazo inmediato, el resultado es una mente reactiva, un diálogo cortado y, finalmente, una creciente polarización.
La educación de la mente y aquí no hablamos de títulos académicos, sino de formación interior, de capacidad reflexiva, consiste en aprender a convivir con la diferencia, escuchar un punto de vista contrario no significa traicionar nuestras convicciones, sino reconocer que el mundo es vasto y que la verdad puede tener múltiples perspectivas, aceptar este hecho es el primer paso para una convivencia más sana y humana.
Sin embargo, hoy nos encontramos con una paradoja, mientras las sociedades presumen de estar más informadas y conectadas que nunca, la tolerancia hacia las diferencias se reduce, las redes sociales, en lugar de ser un espacio para el diálogo abierto, suelen amplificar la indignación y reforzar los prejuicios, lo diferente molesta, incomoda, genera sospecha, y en ese rechazo automático olvidamos que el pensamiento crítico nace precisamente de confrontar nuestras ideas con otras.
Aristóteles no pedía que aceptáramos ciegamente todo lo que se nos presenta, sino que desarrolláramos la virtud de comprender, comprender no es lo mismo que justificar, comprender significa observar, escuchar, ponerse en los zapatos del otro, (lo que hoy se le llama empatia), reconocer que detrás de cada opinión existe una experiencia de vida, una historia, una razón, cuando logramos esto, crecemos en sabiduría, aunque no cambiemos nuestra postura.
La intolerancia, en cambio, nos reduce, nos vuelve rígidos, incapaces de ver más allá de nuestras propias certezas, y cuando los seres humanos dejamos de cuestionarnos, dejamos también de evolucionar.
El verdadero reto, entonces, es cultivar una mente educada en el sentido aristotélico: una mente abierta, reflexiva y capaz de sostener la tensión de lo diverso sin romperse ni reaccionar con violencia, eso exige paciencia, humildad y, sobre todo, autoconocimiento, porque quien no ha aprendido a dialogar consigo mismo difícilmente podrá dialogar con el mundo.
En tiempos de polarización, necesitamos recuperar la fuerza de la crítica constructiva, no como ataque, sino como herramienta de crecimiento mutuo, solo así podremos transformar la fragilidad en fortaleza y la diferencia en oportunidad.
La sociedad del futuro no debería ser de cristal, sino de consciencia, donde lo diverso no divida, sino que enriquezca.
“Una mente verdaderamente educada no teme a las diferencias, las escucha y las comprende, porque sabe que el diálogo con lo distinto es el camino hacia la sabiduría.” Naturópata Melchor López Rendón.
