Muchas veces, quien acusa a su pareja de ser nociva, en realidad está expresando la ausencia de un verdadero amor, porque donde hay amor verdadero, hay también compromiso, transparencia, lealtad, honestidad, y sobre todo, voluntad de trabajar juntos.
Vivimos tiempos en los que las relaciones de pareja parecen haber perdido profundidad, duración y propósito, basta mirar a nuestro alrededor para notar que muchas uniones se diluyen con rapidez, las estadísticas no mienten: hoy los matrimonios y relaciones duran, en promedio, entre uno y dos años, el fenómeno es tan extendido que ha dado lugar a nuevas formas de nombrar el malestar: se habla de “vínculos tóxicos” o “vínculos nocivos”, términos que señalan una experiencia relacional cargada de dolor, manipulación, desgaste emocional y carencia de sentido.
Pero ¿qué es realmente un vínculo nocivo?
Desde una mirada de consciencia profunda, un vínculo se vuelve nocivo no solo por el sufrimiento que genera, sino por el modo en que se forma y se sostiene, se establece como tal cuando no hay armonía entre lo que se da y lo que se recibe, cuando no hay verdad ni autenticidad, cuando las emociones se viven desde el orgullo, el apego, el miedo y las máscaras, es nocivo cuando se vuelve una lucha de egos y expectativas insatisfechas, en lugar de una construcción conjunta basada en el amor consciente.
Sin embargo, hay una pregunta que deberíamos hacernos antes de señalar al otro como “tóxico, o nocivo”: ¿realmente he amado? ¿he estado dispuesto a comprometerme de verdad, a cultivar con paciencia los valores que hacen posible una relación duradera y nutritiva?
Muchas veces, quien acusa a su pareja de ser nociva, en realidad está expresando la ausencia de un verdadero amor, porque donde hay amor verdadero, hay también compromiso, transparencia, lealtad, honestidad, y sobre todo, voluntad de trabajar juntos para crecer, sanar y evolucionar, el amor verdadero no es solo un sentimiento: es una decisión diaria, una siembra constante de actos conscientes que con el tiempo cosechan frutos.
Hoy, en esta era de inmediatez, de gratificación instantánea y de culto al ego, muchas personas entran a una relación con la única expectativa de recibir, quieren atención, compañía, comprensión, validación… pero poco se preguntan qué están dispuestos a ofrecer, se olvida con frecuencia una ley universal tan antigua como cierta: solo cosechas lo que siembras. Y si no siembras amor desde la raíz, no esperes frutos que lo sostengan.
El orgullo, la impaciencia, el miedo al compromiso y la falta de autoconocimiento están minando la capacidad de las personas para establecer lazos duraderos, y no es que el amor haya desaparecido, sino que ha sido malinterpretado, reducido a una experiencia emocional o pasional, desconectada del trabajo interno y de la madurez espiritual que implica amar con consciencia.
Volver a construir relaciones sanas y verdaderas requiere que miremos hacia adentro, que reconozcamos nuestras propias heridas, carencias y expectativas irreales, que recuperemos el sentido del compromiso no como una cárcel o acciones obligadas, sino como actos para cultivar la relación de manera permanente, y el amor profundo hacia alguien con quien decidimos caminar.
Porque, consciente o inconscientemente, egoístamente o por costumbre, seguimos esperando que el otro cambie, que se acomode a nuestras necesidades, que deje de ser quien es para satisfacer lo que creemos merecer, pero el verdadero cambio comienza dentro de nosotros.
Como bien lo dicen quienes han recorrido caminos espirituales profundos: “Si quieres que el mundo, o las personas cambien… cambia tú primero”. Y quizás, solo entonces, descubras que el vínculo deja de ser nocivo porque tú ya no te relacionas desde el egoismo, sino desde la plenitud.
